O al menos en Valencia. Hay mendigos y hay gente que va de pobre. He conocido de los dos. Los primeros viven en la necesidad por un motivo u otro, y piden dinero porque lo necesitan. Los segundos se comparan con gente que gana más dinero que ellos y se sienten probres, hablan como pobres, actúan como pobres, pero no mendigan.
Cuando camino por las mañanas, cuando el sol casi no levanta y hace ese fresquillo húmedo que cuando has dormido bien es reconfortante y cuando no, incómodo, me cruzo siempre con dos mendigos. Nunca les doy dinero. Me gustaría quedar como un buen samaritano y decir que les doy limosna a diario, pero sería mentira. Les miro y con rostro afectado les digo lo siento mientras niego con la cabeza.
He establecido una ruta que esquiva al primero de los dos, que se coloca siempre delante de la Basílica de la Virgen de los Desamparados. Supongo que cree que por ponerse ahí recaudará más. O a lo mejor no cree en nada, y se pone sólo por que es donde toca. Un día, después de intentarlo, me pidió un cigarro. Tengo la asquerosa manía de fumar antes de desayunar. Se lo dí. Desde entonces cada vez que me ve, en vez de pedirme dinero me pide tabaco. Qué paradógico, ¿No? En vez de darle algo para vivir le doy algo para morir. Y sin embargo es como si él ya no fuese un mendigo pidiendo nada, sino un tipo que se ha quedado sin tabaco. Y yo no me siento tan mal, no me siento un egoísta con suerte.
El otro no extiende la mano para pedir, sino todo el brazo. Extiende todo el brazo hacia mí y me pregunta ¿Una ayuda por favor? Repito el gesto y él, con cara de ya sabía que no me ibas a dar nada, mira hacia otra parte. No me pide todos los días. Sabe que no le doy. A veces me ha pedido tabaco también. No le digo que no.
viernes 15 de abril de 2011
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