Morador del tiempo a veces, el barbudo blanco era incapaz de asentir. Burlaba las maneras menos grotescas de adamantio, esperando vencer y enverdecer bajo la sombra del robledo. Imitaba con profusión las eclécticas descargas de lo inacabado, dejando suavemente reposar en su narguilé el otoño de su ausencia.
A veces, en la profusión estética de la encrespada tarde boliviana, enterraba sus manos en húmeda pero inusual tierra de labranza, maldecía entredientes, y respiraba lentamente los rayos de sol que apenas atrevíanse a murmurarle por las mejillas.
Los puntitos rojos, esos que nunca vemos cuando los buscamos, escamotean las argentinas liliputas; sin rodeos; y luego se echan a roncar como cronopiosas enguantadas.
A la postre, lo remanente trasciende, pero lo trascendente, remane. No dejamos de inmaterializar lo mundano, pero pretendemos echarle el guante aterciopelado a la brida teluriana en busca de algo con lo que discutir. Para mí que esa parte de nosotros que se nos esconde no lo hace para jugar el pilla pilla, sino, la pobre, por puro acongojone.
jueves 10 de noviembre de 2011
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